Fuente: Yoinfluyo.com
Por: Fernando Sánchez Argomedo
Los recientes acontecimientos que hemos vivido a través de los medios de comunicación han "justificado" a más de una persona para emitir críticas hacia la religión que profesan, como queriendo también justificar sus actos y sus omisiones.
Sin duda también ha sido un verdadero festín para quienes por razones ideológicas y justificaciones históricas descontextualizadas y mal fundamentadas, le tienen un odio muy profundo a la Iglesia Católica. Sobre todo para aquéllos que buscan justificar sus comportamientos contrarios a la dignidad de la persona humana, la cual es claramente entendida y protegida por el legado histórico de la Iglesia.
No cabe duda que quienes atacan a la Iglesia es porque no la entienden y mucho menos la conocen, ya sea porque desde adentro no la profundizan o porque desde fuera no se preocupan por conocer lo que critican, es más fácil hablar por lo que se siente o se ve, que por lo que es.
Lo que no quieren ver ni entender muchos es que la Iglesia, fundada por Jesucristo mismo, quien incuestionablemente es parte de nuestra historia, está formada por hombres, seres humanos igual que todos los que habitamos este planeta.
Esos seres humanos también están expuestos a las realidades de nuestro tiempo, a los mensajes de los medios electrónicos de comunicación, a los comportamientos y a las discusiones ideológicas y reflexiones filosóficas. No sólo eso, sino que, en un mundo cada vez mas diverso, conviven también con las mismas personas que los demás.
Por lo mismo, tampoco están exentos de cometer graves errores, como podemos cometerlos todos. En ningún momento la Iglesia se ha planteado ser formada por seres humanos perfectos y nacidos de seres especiales o de otro planeta.
Es así que la crítica de los propios católicos proviene sin lugar dudas de una pobreza de fe, ya que la Iglesia fundada por Jesucristo tiene como patrón y ejemplo intachable al mismo fundador. Quienes basan su fe en los hombres que son temporales corren el riesgo de perder la fe cuando éstos cometen errores.
Por otra parte, el peligro en el que caemos cuando sustituimos el ejemplo de Jesucristo por el ejemplo de cualquier otra persona en el planeta, es justamente el encubrimiento y la complicidad de sus actos cuando éstos resultan equivocados.
En este sentido, los hombres que cometen atrocidades deben ser castigados por las leyes de los hombres y de eso no cabe la menor duda ni para Jesucristo ni para la cabeza de la Iglesia. Esto lo ha dejado muy claro el Papa Benedicto XVI con todos los sucesos que recientemente se han dado a conocer en los medios masivos de comunicación.
Quienes atacan a la Iglesia desde afuera no entienden ni quieren ver el verdadero mensaje dado por el fundador de la misma. Entonces aprovechan los errores de las personas para arremeter con enorme odio.
La pregunta es: ¿dónde estamos los católicos que sí tenemos claro el mensaje Evangélico? Se necesita oír la voz de los que con claridad entendemos y no nos sorprendemos de lo que es capaz de hacer el ser humano de hoy por lo que nosotros mismos hemos construido, y que los hombres de la Iglesia no están exentos de vivir.
Sin lugar a dudas la pedofilia y cualquier tipo de abuso proveniente de quienes pertenecen a la Iglesia Católica, son terribles y condenables, como son condenables acciones como la pornografía y la pederastia que se dan a través de Internet y que es una industria que genera enormes cantidades de dinero. Igualmente condenables son la prostitución de menores, el terrorismo, la drogadicción, la guerra, el aborto y la adopción por parte de parejas del mismo sexo… todos ellos hijos del mismo mal que nos acontece.
Un buen católico no le tiene miedo a la verdad, y ésta tampoco lo hace cambiar de manera de pensar y mucho menos lo hará renunciar a su Fe, por el contrario, es la verdad la que nos confirmará que somos personas libres y que ni Dios mismo, a pesar de las terribles atrocidades que suceden, nos quitará tan preciado bien.
Lo que nos queda es dejar claro que la verdad no está en los accidentes, sino en la esencia de los actos, por ello ha permanecido intacta durante dos mil años.
Lo que queda es hacer lo que nos corresponde y a ti también te toca….

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