Por: Jesús Caudillo
Octubre / 2010
A partir del trato que el gobierno de Adolfo López Mateos dio a los ferrocarrileros por su tendencia rebelde, los sindicatos y todo el sistema corporativista entendió perfectamente cuál era el precio de la insubordinación. Algunos podrían terminar desaparecidos y otros, en el mejor de los casos, encarcelados. Así, el sistema vivía la bonanza económica, por un lado, y aplicaba la mano dura por el otro.
Las reglas estaban muy claras para entonces. Si el presidente había decidido enfrentar a los ferrocarrileros, era porque se habían convertido en enemigos de la Revolución Mexicana, de su herencia y beneficios. Por eso se justificaba la afrenta aprobada por el presidente López Mateos, pero instrumentada, operada y ejecutada por Gustavo Díaz Ordaz, la sombra detrás del mandatario.
A pesar del beneplácito que produjo en diversos sectores del sistema (empresarios y demás grupos de interés), el gobierno de López Mateos no sólo sabía cómo enfrentar a los insubordinados. También aprendió a premiar a los leales, a entender la lógica interna del corporativismo que encabezaba el presidente de la República en turno.
En aquellos años el país vio el ascenso de nuevos liderazgos sindicales, cuya presencia, influencia y longevidad habrían de confirmar el funcionamiento de los procedimientos políticos del viejo sistema. Entonces fue cuando se consolidó el liderazgo de Fidel Velázquez al frente de la Confederación de Trabajadores de México (CTM), quien habría de morir en 1997 comandando aquella organización hasta el último día de su vida.
Del mismo modo, fue descubierto Joaquín Hernández Galicia, "La Quina". El carismático líder –quien luego habría de ser depuesto por Carlos Salinas, en 1988– al asumir el cargo de dirigente del gremio petrolero, dejó en claro a sus colegas que no toleraría la insubordinación y amenazó con la suspensión de derechos sindicales para quien osara enfrentarle. Era la réplica de las prácticas del sistema en un subsistema.
Los sindicatos y sus líderes comenzaron a implementar nuevos incentivos económicos para los trabajadores. De este modo, las huelgas y las protestas disminuyeron, dado que cada dos años era revisado el contrato colectivo gremial. Mientras tanto, el gobierno mexicano también encontró formas de "apoyar" a los obreros.
En 1960 se creó el Instituto del Seguro Social al Servicio de los Trabajadores del Estado (ISSSTE). En 1962 se modificó el artículo 123 constitucional en el que se preveía el reparto de utilidades para los trabajadores, se dispuso que el salario mínimo debía subir periódicamente y fueron introducidas nuevas restricciones y aumentos a la indemnización que los patrones debían asumir si es que despedían a sus empleados.
Por si esto no hubiera sido suficiente, el presidente López Mateos ordenó la construcción de 25 mil nuevos departamentos para los trabajadores y sus familias. Así fueron habitadas las zonas de Nonoalco Tlatelolco y San Juan de Aragón.
Se cuenta que en 1962, cuando John y Jacquie Kennedy visitaron México, los dos presidentes inauguraron un complejo de departamentos con instalaciones deportivas y recreativas. En aquella visita John F. Kennedy fue a la Basílica de Guadalupe a orar y su esposa, la carismática Jacquie, enamoró a los mexicanos pronunciando un discurso en español.
La vida de los trabajadores mexicanos era casi perfecta. Mientras aportaran sus cuotas y se comprendieran a sí mismos como parte del sistema vigente, no habría problemas. El sistema se los recompensaría, como venía sucediendo. El clásico control de las masas proletarias, ideal de Lázaro Cárdenas del Rio.
El presidente López Mateos, en el ánimo de garantizar el apoyo de los diversos nodos que conformaban al sistema (y evitar la sublevación), envió un año antes, en 1961, una iniciativa al Congreso de la Unión para mejorar los sueldos de los miembros del Ejército Mexicano. Por supuesto, la iniciativa fue aprobada de forma unánime. A ellos, el presidente les encomendó ser "el baluarte inmaculado de las instituciones".
Para muestra, el trato que se le dio a un revolucionario disidente. Celestino Gasea, quien gobernara el Distrito Federal en tiempos de Álvaro Obregón, afirmó públicamente su intención de derrocar al gobierno de López Mateos. Muy seguro, indicó que lo haría en las vísperas del 15 de septiembre de 1961.
¿Cuál fue la respuesta del gobierno? Pues nada, Gasea fue detenido por los miembros del Ejército mexicano, junto con sus amigos más allegados. Poco se supo de este personaje en años posteriores, desapareció del mapa.

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