martes, 26 de octubre de 2010

Lo que realmente pasó: los privilegios de ser priísta

 

Por: Jesús Caudillo

Septiembre / 2010

 

 

 
El sexenio de Miguel Alemán Valdés fue de bonanza económica para todos, principalmente para él y los suyos. La industria y la economía de nuestro país crecieron a un ritmo importante. Dicen que pasada la tormenta necesariamente llega la calma. Una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, México, de la mano de Estados Unidos, se aprestaba a disfrutar del desarrollo económico.

 

Enrique Krauze afirma en su obra "La Presidencia Imperial. Ascenso y caída del sistema político mexicano: 1940-1996" (Tusquets Editores, 1997) que "(…) sabemos con certeza que el sistema nació con Calles, se corporativizó con Cárdenas, se desmilitarizó con Ávila Camacho y se convirtió en una empresa con Miguel Alemán".

 

A Miguel Alemán se le atribuye la afirmación de que quería que todos los mexicanos tuvieran un Cadillac, un puro y un boleto para los toros. Quizá por eso los recursos de las arcas públicas se repartían a manos llenas entre los funcionarios de la Administración Pública. Alcanzaba para todos, aunque fuera tan sólo un poco.

 

En aquel periodo, la economía encontró una nueva dinámica, el campo recibió mayores apoyos, la infraestructura nacional creció de forma desmedida. Se acercaba la época del "milagro mexicano", se sentaban las bases para ello.

 

Con el crecer de la ciudad de México, con el desarrollo urbano de la entidad, con la construcción del primer rascacielos del país, con el planteamiento de nuevas vías de comunicación y transporte, con todo eso, los políticos del régimen se refugiaron en El Pedregal, al sur de la ciudad. Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz se contaban entre los beneficiados.

 

Krauze señala que "Muchos amigos de Alemán, fuera y dentro del gobierno, (…) se hicieron ricos gracias a concesiones oficiales, no necesariamente ilegales, pero muchas veces inmorales.

 

Jean François Revel, filósofo y periodista francés, señaló: "Uno puede hacer todos los negocios que quiera en México, a condición de 'ponerse de acuerdo' antes con el gobernador del estado o con alguna personalidad federal importante. Siempre se puede 'interesar' a los políticos; México es, para los hombres de negocios, un paraíso".

 

Una pareja que tuvo la actriz María Félix –otro de los íconos de la cultura mexicana de entonces–, Jorge Pasquel, era amigo del presidente Alemán. El susodicho se convirtió en un poderoso aduanero, contrabandista de mercancías extranjeras. Se convirtió, asimismo, en dueño de "vastos latifundios", según refiere el autor.

 

Cuenta María Félix que a partir de una conversación telefónica que sostuvo con Pasquel, en la que ella le hacía saber que el hielo se había agotado en el hotel donde se hospedaba durante un rodaje, éste le envío un hidroavión con un refrigerador.

 

"Era un lujo excesivo que contrastaba con la pobreza del lugar, y entonces le pedí que en vez de enviarme caviar y langostas, llenara el hidroavión con sacos de maíz, arroz y frijol para repartirlos entre los indios de Janitzio (Michoacán)". Así se las gastaban los amigos del presidente Alemán.

 

Krauze refiere que Vicente Lombardo Toledano alguna vez afirmó: "(…) la mordida, el atraco, el cohecho, el embute, el chupito, una serie de nombres que han dado para calificar esta práctica inmoral. La justicia hay que comprarla, primero al gendarme, luego al ministerio público, luego al juez, luego al acalde, luego al diputado, luego al gobernador, luego al ministro, luego al secretario de Estado…". De ese tamaño era la cultura creada por el sistema priísta.

 

Otro de los muy queridos del régimen de Miguel Alemán fue Raúl Salinas Lozano. El personaje en cuestión fue padre del ex presidente Carlos Salinas de Gortari y de Raúl, acusado de corrupción, desvío de recursos en su época de funcionario público y de mantener ligas con grupos de narcotraficantes.

 

Era el 17 de diciembre de 1951. La sucesión presidencial se acercaba y Raúl Salinas Lozano pretendía encontrar su lugar en el nuevo gobierno que habría de llegar. Se sabía ya que el ungido sería Adolfo Ruiz Cortines, por lo que sólo se trataba de abonar su camino de llegada al trono de la Presidencia.

 

Aquel día Raúl Salinas padeció un sobresalto en su trayectoria política. Esa tarde registró la primera de muchas sombras que se han cernido sobre la familia Salinas. Una crónica muy valiosa la hace Rafael Loret de Mola en su libro "Destapes" (Océano, 2004).

 

Resulta que Carlos y Raúl, de 4 y 6 años de edad, respectivamente, se quedaron en casa con un amigo de ellos, Gustavo Zapata Rodríguez, de 8 años. Entre juegos, descubrieron el rifle que su padre guardaba entre muebles y objetos de la casa. Jugaban a los vaqueros y recuperaban con su espíritu infantil las leyendas del Viejo Oeste.

 

Manuela, la mujer encargada del quehacer del hogar, fue la víctima. Murió luego de que un disparo del pequeño Carlos se le incrustara debajo de su ojo izquierdo y destruyera su nariz. Salinas Lozano, aunque acudió al Ministerio Público, hizo llamadas y guardó a sus niños. Nunca hubo un proceso judicial contra nadie. El caso se reservó y quedó en el olvido de muchos.

 

El doctor Gilberto Bolachos Cacho, entonces especialista del Tribunal para Menores, afirmó: "Si estos niños no reciben el tratamiento adecuado, pueden sufrir peligrosos desequilibrios emocionales durante su desarrollo". El médico consideró necesario "someter a las criaturas (…) a una terapia psicológica con el propósito de que asimilen el daño causado por un mero rato de diversión (…) En el linde de la vida frágil y la muerte segura, los niños no pueden ignorar el dolor ajeno porque, entonces, jamás entenderán sus propios límites.

 

Mucho tiempo después, en 1988, al ser electo presidente de la República, Carlos Salinas dijo a su padre: "Nos tardamos 20 años en llegar, pero llegamos".



No hay comentarios:

Publicar un comentario