Por: Jesús Caudillo Noviembre / 2010 Hace casi 10 años de que Vicente Fox asumió la Presidencia de la República. Muchas cosas han ocurrido desde entonces, aunque no todas las que quisiéramos. El proceso de transición política mexicano es un caso particular: luego de haber arrojado del poder al partido que permaneció en él durante más de 70 años, el sistema político no se ha fortalecido, de tal modo que muchas de las prácticas del antiguo régimen permanecen incólumes. Luego de tantos años de esfuerzo por la democratización del país, la oposición llegó al poder presidencial. Aquel 2 de julio del año 2000, México vivió una verdadera fiesta. Tan sólo 15 años antes del hecho, remover al PRI de Los Pinos parecía una tarea irrealizable, ya que el sistema político era tan fuerte, tan sólido y tan eficiente que, se pensaba, no había posibilidades de éxito inmediato. Nadie puede adjudicarse el logro de la alternancia en la Presidencia de la República. Sería pretensioso. Más que obra de un grupo o estrategia de un movimiento, la alternancia política lograda en el año 2000 con la llegada de Vicente Fox al poder fue el efecto de cómo amplios sectores de la sociedad mexicana buscaron y lograron que la oposición derrotara al PRI en los comicios. Lo que en México se vivió en el 2000 fue la consecuencia de un proceso mucho más profundo. Aunque nuestro objetivo no es explicar científicamente las causas que atrajeron como consecuencia la salida del PRI de la Presidencia, y la consecuente alternancia en el poder, sí debe señalarse el conjunto de variables que, tras una somera revisión de la historia reciente, contribuyeron a que ello ocurriera. Entre los hechos que contribuyeron a la caída del PRI, y la consecuente llegada de la oposición al poder, se encuentran las fracturas que a lo largo de los 71 años de régimen se incubaron en el seno priísta. Además, naturalmente surgieron grupos opositores, algunos extralegales, que buscaron enfrentar al sistema político imperante. Grandes y numerosos movimientos sociales llegaron y se fueron a lo largo de aquellos años. La gran mayoría de ellos padeció la persecución sistemática del régimen. Los que no, se acomodaron en las circunstancias que ofrecía el partido de Estado para encontrar formas de convivencia, si no pacífica, al menos respetuosa. Por si fuera poco, llegó un momento de la historia contemporánea de México en la que los empresarios comenzaron a tener un papel activo, no sólo en el terreno económico, sino también político. Algunos de ellos se metieron de lleno a la vida político-partidista. Otros, los más, permanecieron desde la tribuna financiera como atentos observadores de la realidad nacional, con su dinero a la mano en caso de que surgiera la necesidad de incidir de alguna forma. Con todo, las crisis económicas fueron una constante a partir de 1970. El "milagro mexicano" dio paso a un periodo de inestabilidad económica que se fue instalando en el imaginario colectivo y, peor aún, en las entrañas de las finanzas públicas nacionales. El sistema político mexicano, encabezado por el presidente de la República en turno, produjo, sí, una clientela, una base que lo sostuvo durante mucho tiempo. Generó una cultura estructural fundada en la corrupción y en la impunidad, muy eficiente por cierto. Sin embargo, también dejó a su paso a una serie de actores que, con el paso de los años, crecieron, conformaron grupos cada vez más sólidos y cada menos controlables. La caída del sistema sucedería. Tarde o temprano, pero sucedería. Y el 2 julio sucedió. Al menos eso pensamos todos aquel entonces. COMENZANDO NUESTRA TRANSICIÓN América Latina, durante la segunda mitad del siglo XX, fue el escenario de la instauración de dictaduras militares en varios países de la región. Los de Argentina, Brasil, Chile y Nicaragua, por mencionar algunos, fueron gobiernos que vieron en algún momento de su historia la llegada violenta de regímenes opresores. En nuestro caso, aunque en efecto la Revolución Mexicana representó la simiente del sistema político priísta, no conocimos una dictadura con las características que sí se vivieron en, por ejemplo, los países mencionados. Nos dice el académico José Luis Piñeyro(1) que "la mayoría de los países de América Latina que iniciaron tránsito a la democracia representativa provenía de antiguos regímenes militares tradicionales o modernos de seguridad nacional, o bien autoritarios con fuerte presencia castrense; México más bien provenía de un régimen autoritario civil de corte presidencialista y monopartidista. "En los primeros casos, la moderna política transicional (basada en la concertación, la tolerancia, el realismo, la racionalidad y el posibilismo) lograba sus atributos, en parte, con el recurso a la política del terror o al menos del miedo es decir, recordar a la oposición política por parte de los flamantes gobiernos civiles que moderasen sus demandas, porque si no 'se regresaría al negro pasado militar'. "Para México, la advertencia gubernamental pasaba por aquello de que "mejor el PRI-gobierno por conocido que la oposición política por conocer", mensaje conformista que cambió con el paso del tiempo al darse el acuerdo del partido gobernante con la oposición del PAN, y dirigiéndose ya sólo al PRD y agrupaciones civiles afines o independientes a la estructura partidista oficial". ¿CÓMO VA NUESTRA TRANSICIÓN? La nuestra, como afirman los estudios especializados en transiciones políticas, es una transición prolongada. Esto, porque se las negociaciones para instaurar reglas políticas aceptables para los principales actores políticos han requerido de un largo periodo de tiempo(2). Como afirman Labastida y López Leyva, las transiciones prolongadas "se producen de manera gradual, como en una 'guerra de trincheras' entre los grupos gobernantes que detentan el poder y los partidos de la oposición". En este sentido, Soledad Loaeza afirma que en las transiciones prolongadas no hay un 'sentido de urgencia' para cerrar los acuerdos con la mayor rapidez posible, como sí ocurrió en las transiciones aceleradas o pactadas. "La lentitud de las negociaciones puede explicarse por desacuerdos entre los actores en cuanto a la agenda de prioridades, o simplemente porque alguno de ellos -continuista o reformista- considera que el paso del tiempo le favorece". Mirar el panorama político mexicano es desalentador, desde esta perspectiva. Plutarco Elías Calles, Álvaro Obregón, Lázaro Cárdenas, Venustiano Carranza. Todos ellos viven en la tradición y en la práctica política de muchos de los actores de la clase política que hoy permanecen vigentes. Los mismos actores del viejo régimen siguen ahí. La oposición, que llegó para buscar consolidar la transición política, se acomodó a las circunstancias y se asumió como heredera del viejo sistema. La parálisis institucional que hoy nos oprime es, en gran medida, fruto de la incapacidad del nuevo régimen a impulsar con entusiasmo la transformación estructural del país. Es, asimismo, una situación conveniente para los representantes del viejo sistema que se resisten a la renovación institucional de México, ya que ello les obligaría a renunciar a canonjías, privilegios y atenciones particulares. La transición democrática no entra en la agenda de múltiples actores repartidos en el escenario político nacional. Ahí se encuentran personajes de todos los partidos políticos, empresarios, líderes sindicales, de la sociedad civil e incluso religiosos. No está en la agenda de algunos medios de comunicación que durante años se beneficiaron de los privilegios que les otorgó el viejo sistema. No está en las preocupaciones de diversos grupos de intereses poderosos y que, se quiera o no, tienen altas capacidades de injerencia en las estructuras políticas, económicas y sociales. Comprender lo que hoy sucede en México no es tan sencillo si se tiene presente la historia patria contemporánea, aquellos años del priato, en los que un solo partido se mantenía en el poder, teniendo al presidente de la República como el gran factor de decisión. No se trata de imputar todos los males del país al partido que lo gobernó durante tantos años. No. Se trata de entender que la configuración política de entonces no ha caducado totalmente en nuestros días. Se mantienen vigentes muchas prácticas y procedimientos que funcionaban antes. Otras se han perfeccionado. Algunas más han desaparecido, es cierto. No obstante, hay dos problemas que deben ser enfrentados. Por un lado, el panorama político demuestra que gran parte de la clase política desciende, de alguna u otra forma, de aquel viejo régimen. Por otra parte, que la que antes fuera oposición, sin distingo de colores partidistas, ha heredado aquellas formas y prácticas del viejo sistema. Entonces, ¿a dónde hay que ir? ¿qué hay que hacer? ¿HACIA DÓNDE LLEVAR AL PAÍS? Desde 1991, Julio Labastida (3) –entre muchos otros– había previsto los obstáculos a los que nuestro proceso de transición habría de enfrentarse: 1) el mantenimiento del origen revolucionario del régimen como principio ideológico y de legitimidad fundamental; 2) el desmantelamiento o la reforma del corporativismo estatal, y 3) la democratización del sistema político a corto plazo, incluyendo al propio partido y, en ese contexto, la redefinición de la relación entre PRI y gobierno. Sin embargo, el especialista se ha quedado corto en su proyección. No hay que negar que han existido esfuerzos por darle una nueva configuración al país, aunque esto no desemboque necesariamente en la promoción del bien común. Ahí están los esfuerzos de, por ejemplo, Porfirio Muñoz Ledo y Manlio Fabio Beltrones. Ambos han encabezado proyectos de renovación institucional, han hecho propuestas en ese sentido, aunque con diferente origen y sustancia. El principal enemigo de la transición política mexicana no es en automático, como se ha dicho repetidamente en diversos foros, el PRI y sus satélites. El enemigo es, en realidad, toda práctica, personaje o sistema que impida la gestión del bien común, que vulnere la dignidad de las personas, que impida el desarrollo adecuado y pleno de todos los individuos de nuestra sociedad. Todos los mexicanos queremos bien común, paz social, el bienestar de las familias y de las personas; deseamos la plena vigencia del régimen democrático; estamos de acuerdo en que requerimos un crecimiento económico sostenible, incrementar el empleo productivo estable, distribuir la riqueza de forma equitativa, fortalecer nuestro mercado interno y fortalecer nuestras exportaciones. México merece todo esto. A 10 años de alternancia en el poder, algunos piensan que nuestra transición política ha quedado trunca, mientras otros afirman que se ha prolongado. Una minoría desea que la transición nunca se logre, por lo que se apuestan a redescubrir las bondades del viejo régimen. ¿Cómo alcanzar aquel país que la mayoría de los mexicanos sabemos que necesitamos? La respuesta está en nuestras manos. Descubrámosla. (1) Ver "Las fuerzas armadas en la transición política de México", de José Luis Piñeyro, publicado en la Revista Mexicana de Sociología, Vol. 59, No. 1 (Ene-Mar, 1997), pp. 163-189 (2) Ver "México: transición democrática y reforma económica", de Julio Labastida, en Revista Mexicana de Sociología, Vol. 53, No. 2 (Abr- Jun, 1991), pp. 127-139 (3) Ver "México: transición democrática y reforma económica", de Julio Labastida, en Revista Mexicana de Sociología, Vol. 53, No. 2 (Abr- Jun, 1991), pp. 127-139 |
viernes, 17 de diciembre de 2010
Nuestra inconclusa transición política
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