Por: Equipo yoinfluyo.com Noviembre / 2010 Nuestro país, sin duda, tiene en la Revolución Mexicana al acontecimiento más relevante del siglo XX. El hecho marcó la vida de millones de compatriotas desde entonces y durante décadas. La Revolución Mexicana sigue ahí, con sus consecuencias, positivas y negativas. Como han asentado ya los historiadores más serios, la Revolución Mexicana fue motivada por profundos problemas políticos, económicos y sociales, derivados de la historia anterior a la Revolución. En el terreno económico, el liberalismo se impuso y pasó factura a los campesinos y obreros más humildes. La acumulación de capital se transformó en el paradigma de la época, de modo que las injusticias sociales y la opresión popular originaron un profundo descontento entre los marginados. Mientras tanto, en el terreno político, la pretendida democracia –importada por los liberales mexicanos– quedó trunca cuando Porfirio Díaz se perpetuó en la Presidencia de la República. La imposibilidad de otros actores para acceder al poder creó grupos de oposición que a la postre habrían de derrocar al régimen vigente hasta entonces. La Revolución Mexicana no fue improvisada. De hecho, las razones para que se llevara a cabo eran de gran magnitud, profundas en sí mismas. ¿Hay algo qué celebrar este 20 de noviembre próximo? Aun con todo lo anterior, la Revolución Mexicana refleja nuestro fracaso como país, como sociedad, al no haber podido resolver nuestras diferencias de forma pacífica. La Revolución Mexicana quedó reducida a un conjunto de guerras civiles que provocaron la devastación del país durante décadas y que exterminaron a más de un millón de mexicanos. Desde esta perspectiva, con la Revolución Mexicana no hay nada que festejar. Como fruto de la Revolución, tenemos un sistema político que generó instituciones modernas en el ámbito laboral, educativo, de salud, entre otras. La Revolución Mexicana, además, generó de forma intencional una cultura cívico-política de apatía, de abstencionismo. En esa cultura, los ciudadanos mexicanos no desean participar de sus responsabilidades democráticas. De aquella herencia destaca la corrupción social sistemática, en la que tanto políticos como ciudadanos somos parte de una podredumbre moral asumida conscientemente. Mientras tanto, aceptamos el ejercicio despótico, corrupto e impune del poder de parte de la clase política. Además, la Revolución Mexicana inventó un partido político para ejercer y administrar el poder. Ésta es la herencia revolucionaria. Hoy, nuestro país se encuentra inmerso en un proceso de transición en el que buscamos sacudirnos las tradiciones del viejo sistema, aunque ya todos los colores partidistas las hayan abrazado. Es cierto, hay avances indudables en materia de leyes, infraestructura y desarrollo económico, pero hay todavía muchas cuentas pendientes que la Revolución Mexicana, y el sistema por ella creado, heredaron a nuestra generación. Es tiempo de cambio, de apostar por la consolidación de nuestra transición política, hoy trunca por la voluntad política de quienes no ven en el nuevo sistema una posibilidad de transformación común, porque ello implicaría su renuncia al beneficio personal. La Revolución Mexicana, en la que el ciudadano y su dignidad es lo que importa, aun tiene mucho que dar para nosotros. Y nosotros a ella.
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domingo, 28 de noviembre de 2010
La Revolución, el fracaso mexicano
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