domingo, 8 de enero de 2012

Un padre SOLITARIO


Querien


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La rebeldía atacó el mundo de Joe como una ventisca a Minnesota.
Cuando ya tenía edad suficiente como para conducir un automóvil, Madeline decidió que era suficiente mayor como para dirigir su propia vida. Y esa vida no incluía a su padre.
«Debí habérmelo imaginado», diría Joe más tarde, «pero por mi vida que no lo hice». No había sabido qué hacer. No sabía cómo vérselas con narices con aretes ni con blusas apretadas. No entendía de trasnochadas ni de malas notas. Y, lo que es peor, no sabía cuándo hablar y cuándo guardar silencio.
Ella, por otro lado, lo sabía todo. Cuándo hablar a su padre: Nunca. Cuándo quedarse callada: Siempre. Sin embargo, las cosas eran al revés con su amigo de la calle, aquel muchacho flacucho y tatuado. No era un muchacho bueno, y Joe lo sabía.
No iba a permitir que su hija pasara la Nochebuena con ese muchacho.
«Pasarás la noche con nosotros, señorita. Comerá el pastel de la abuelita en la cena en su casa. Celebraremos juntos la Nochebuena».
Aunque estaban sentados a la misma mesa, perecían que estaban en puntos distintos de la ciudad. Madeline jugaba con la comida sin decir palabra. La abuela trataba de hablar a Joe, pero este no estaba de humor para charlar. Una parte de él estaba furiosa; la otra parte estaba desconsolada. Y el resto de él habría dado cualquier cosa para saber cómo hablar a esta niña que una vez se había sentado en sus rodillas.
Llegaron los familiares trayendo con ellos un bienvenido final al desagradable silencio. Con la sala llena de ruidos y gente, Joe se mantuvo en un extremo y Madeline en el otro.
«Pon música, Joe», le recordó uno de sus hermanos. Así lo hizo. Pensando que sería una buena idea, se dirigió hacia donde estaba su hija: «¿Bailarías con tu papi esta noche?»
Por la forma en que ella resopló y se volvió, podría haberse pensado que le había dicho algo insultante. Ante la vista de toda la familia, se dirigió hacia a la puerta de la calle, la abrió, y se fue, dejando a su padre solo.


Muy solo.


Según la Biblia, nosotros hemos hecho lo mismo. Hemos despreciado el amor de nuestro Padre. «Cada cual se apartó por su camino» (Isaías 53.6).


Pablo va un poco más allá con nuestra rebelión. Hemos hecho más que simplemente irnos, dice. Nos hemos vuelto contra nuestro Padre. Estábamos viviendo contra Dios (Romanos 5.6).
En el versículo 10 es aun más terminante: «Éramos enemigos de Dios». Duras palabras, ¿no crees? Un enemigo es un adversario. Uno que ofende, no por ignorancia, sino con intención. ¿Nos describe esto a nosotros? ¿Hemos sido alguna vez enemigos de Dios? ¿Nos hemos vuelto alguna vez contra nuestro Padre?


No le des más la espalda a Dios. Este es el día de mirarlo cara a cara. Tu vida será otra.



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Reflexiones de la oración



Un día Betty, un miembro de la iglesia, llamó y me pidió que visitara a un amigo que estaba en el hospital, así es que fui.
Visité a Bob muchas veces y hablamos de todo. Nuestra conversación favorita era referente a los Celtas de Boston, nuestro equipo favorito de baloncesto. Un día después de visitarle al igual que a otras personas en el hospital, llamé a casa antes de ir a la oficina. Margaret se mostró muy callada en el teléfono y le pregunté:


— ¿Qué pasa, mi amor?


—Betty me acaba de llamar—dijo—. Bob murió.


— ¿Qué?—dije—. ¡Hace cuarenta y cinco minutos estuve con él!
—Lo sé, mi amor, pero se fue—dijo Margaret. Sus palabras quedaron suspendidas en el aire como el sonido de una reja al cerrarse—. Betty quería saber si puedes dar el servicio fúnebre.
—Seguro—dije distraído—. Dile que sí.


Estaba devastado. En ese momento me di cuenta que Bob se había ido al infierno porque tuvo la desgracia de tenerme como su pastor visitante. Durante nuestras conversaciones ni una sola vez le hablé acerca de la salvación.
—Cancela el culto de esta noche—le dije a Margaret—. No puedo enfrentarme a toda esa gente. Necesito tiempo para estar solo.


Oficié en el funeral de Bob. Cuando le vi en el ataúd, me sentí aplastado. Lloré no solo porque sentía dolor por su muerte, sino porque no le había dado el mensaje del evangelio. Fue entonces cuando comencé a luchar con Dios. Durante los meses siguientes comenzó a cambiar mi corazón. Comprendí que mi plan no era el de Dios.


Finalmente una noche me arrodillé y se lo entregué a Él en oración. Renuncié a mi deseo de ser un gran predicador y tener una iglesia impresionante, y le pedí a Dios el poder del Espíritu Santo para ser un testigo, un ganador de almas para Cristo.
Y Dios contestó esa oración. Aprendí a dar a conocer mi fe y a convertirme en un ganador personal de almas. Desde entonces, no pasaba una semana sin que alguien en la comunidad se salvara. Un año me comprometí frente a mi congregación a tratar de llevar personalmente doscientas personas a Cristo fuera de la iglesia. No alcancé esa meta por un margen de doce personas, pero aprendí mucho acerca de cómo ganar almas.


Entonces empecé a enseñar a otros a dar a conocer su fe. En mi segunda iglesia en Lancaster, Ohio, preparé y equipé a dieciocho ganadores de almas con gran ardor por Jesús. A ellos se debe el haber ganado mil ochocientas almas para Cristo durante los ocho años de mi ministerio en esa iglesia.
Recibimos muchas bendiciones de Dios allí porque creo que la iglesia hizo todo lo posible para llevar a cabo la misión que Dios le había encomendado.


Maxwell, J. C. (1998; 2003). Compañeros De Oración. Thomas Nelson, Inc.


Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo. Hechos 5:42.


Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado será salvo; pero el que no crea será condenado.


Marcos 16:15,16.


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