domingo, 25 de julio de 2010

Lo que realmente pasó

 

Obregón y su progreso

 

 Jesús Caudillo

julio / 2010
 

Pensar en México es pensar en su historia, en su vida política, social y económica. Es valorar sus tradiciones y entender su pasado. Echar un vistazo a los hechos que han dado forma a la nación mexicana necesariamente lleva a realizar una prospectiva del futuro que nos espera. Este futuro, por cierto, parece difícil si nos ceñimos en sentido estricto al pasado y las condiciones que éste impone.

La construcción de un México nuevo, en el que impere el bien, lo bueno y lo verdadero pasa necesariamente por la renovación de los paradigmas culturales, sociales y políticos que hoy imperan. Lo que hoy vivimos como valores sociales y culturales tiene que ver con lo acontecido en décadas y siglos anteriores, con la forma en la que nuestra civilización se desarrolló en el tiempo.

Por estas razones, en yoinfluyo.com hoy iniciamos una serie de artículos en los que buscaremos comprender nuestra vida pública actual a partir  del conocimiento de nuestra historia nacional. Como un árbol poseedor de miles de ramas y frutos, la historia de México es, sin duda, un conjunto de acontecimientos a los que se debe acceder con cautela.

El elemento que dará sustento a esta serie son los gobernantes mexicanos. Poco se puede explicar si no se parte de las figuras que encabezaron movimientos políticos, golpes militares, gobiernos y a la administración pública. Poco se puede entender manteniendo la vista alejada de las estructuras que definieron el destino político de millones de personas.

El periodo que se abarcará en esta serie parte del año 1920. Se ha elegido el periodo posrevolucionario por muchas razones. En principio, debido a que es la época en la que el Estado mexicano contemporáneo tomó su forma definitiva, en el que se instauraron las reglas formales e informales del sistema que se mantuvieron vigentes durante las décadas posteriores y hasta nuestros días.

Así, sin más, estimad@ lector@, dejo a su juicio esta serie cuyo objetivo no es otro más que repasar y comprender nuestra historia común para ver nuestro presente desde otra perspectiva.

En yoinfluyo.com buscamos contribuir a la proyección de un nuevo país, de un México en el que la subsidiariedad, la solidaridad, el respeto a la dignidad humana, la justicia y la verdad sean los elementos de cohesión que den sustento a la gestión del bien común. La serie que hoy le presentamos se encamina a todo eso.

Álvaro Obregón, el "culto" anticlerical

La historia de México del siglo XIX y buena parte del siglo XX no se explica si no es a partir del papel jugado por la masonería en la vida política y social mexicana. Las pugnas posteriores al periodo independentista no fueron otra cosa más que la lucha de poder entre dos bandos muy definidos: el rito yorkino y el rito escocés, emanados ambos del movimiento masónico.

Esta lucha llevó, entre otras cosas, a la constante deposición de gobernantes mexicanos y a la inestabilidad política característica de ese periodo. Esa pugna –que posteriormente habremos de analizar– llevó a enfrentamientos militares, facilitó la invasión de ejércitos extranjeros, entre otras cosas.

Pues bien, en ese grupo político-ideológico se formó Álvaro Obregón. Nació en Guaymas, Sonora, en 1877, justo cuando Porfirio Díaz asumió el poder presidencial. Entonces, el país estaba sumido en un estado de inestabilidad y conflicto político por la sucesión presidencial que derrocó a Sebastián Lerdo de Tejada. Llegó Porfirio Díaz a la presidencia y ahí se mantuvo durante 30 años, mismos que correspondieron al crecimiento de Obregón.

Álvaro Obregón fue un militar muy capaz. Sirvió a Francisco I. Madero y combatió el régimen de Porfirio Díaz, por lo que contribuyó a su debilitamiento y caída. Posteriormente se hizo leal de Venustiano Carranza y peleó a su lado contra Victoriano Huerta, Emiliano Zapata y Francisco Villa, luego de la Convención de Aguascalientes. Con su poderío militar venció a Francisco Villa en la Batalla de Celaya.

Luego de participar en la redacción de la Constitución de 1917 y de colaborar en la consolidación del nuevo régimen, se integró como funcionario en el gobierno de Carranza, al que renunció casi de forma inmediata. Posteriormente se enfrentó al propio Carranza cuando éste buscaba definir la sucesión presidencial.

El talento de Obregón para la política y los asuntos de poder era notable. Tenía una gran memoria y un extraordinario carisma. Con su llegada al poder en 1920, fue el primer gobernante que intentó ordenar los efectos de la revolución mexicana y los desastres políticos que ésta implicó, aunque no lo logró a la manera de Plutarco Elías Calles, de quien hablaremos posteriormente.

Dicen los que saben que a Obregón se le reconoce por haber sido el primer presidente en promover la cultura como elemento de progreso nacional. En su periodo de gobierno se crea la Secretaría de Educación Pública, con José Vasconcelos a la cabeza.

Fue entonces cuando se llevaron a cabo campañas de alfabetización, se crearon escuelas y bibliotecas y el gobierno se involucró con poetas e intelectuales extranjeros. El equilibrio y estabilidad del poder presidencial fue una de las misiones que se impuso el propio Obregón, dar el paso del estado político revolucionario hacia la consolidación de un nuevo sistema.

Obregón tuvo necesidad de generar una base social que diera respaldo a su gobierno. Para ello fue creada la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM), bajo la iniciativa del propio gobierno obregonista.

Álvaro Obregón también –según siempre le han querido colgar sus detractores-- fue un cruel perseguidor de la Iglesia Católica y de sus iniciativas. Quizá en buena parte esto se explica a partir de su filiación masónica y a las relaciones de poder que mantuvo con sus miembros. No obstante, dejemos a los hechos hablar.

El 6 de febrero de 1921 estalló un cartucho de dinamita en la puerta de la casa del Arzobispo de México, el Obispo José Mora del Río, cuando éste no se encontraba en el lugar. Aunque Obregón atribuyó el ataque a los socialistas –de quienes Mora del Río se había expresado en días previos–, lo cierto es que la CROM fue quien gestó y ejecutó el ataque.

El 1 de mayo del mismo año un grupo de socialistas se manifestó afuera de la Catedral de Guadalajara, se subieron a las torres del edificio y colgaron la bandera bolchevique, misma que fue retirada por jóvenes de la Acción Católica de la Juventud Mexicana (ACJM).

En otro episodio, la Liga Anticlerical Mexicana protestó ante el anuncio del obispo de León, Emeterio Valverde, en el que aseguró la construcción de un monumento a Cristo Rey en Silao, Guanajuato. El delegado apostólico en México, Ernesto Filippi, bendijo la primera piedra del monumento, por lo que fue acusado por aquel organismo de haber violado la Constitución vigente.

El gobierno de Obregón no quiso dirimir el asunto, por lo que la resolución fue clara y contundente: monseñor Filippi debía abandonar el territorio nacional. Aunque El Vaticano gestionó la permanencia del obispo en tierras mexicanas, la orden se dio y fue irreversible.

El 14 de noviembre de 1921, un hombre acudió a la Basílica de Guadalupe. Llevaba en sus manos un arreglo de flores que puso frente al ayate de Juan Diego y en él quedó plasmada la imagen de la Virgen del Tepeyac. Momentos más tarde ocurrió una ensordecedora explosión. La bomba no hizo ningún daño a la imagen, aunque sí a un crucifijo que ahí se encontraba, mismo que quedó doblado por la explosión.

El padre Jesús García Gutiérrez cuenta que a Obregón se le escuchó decir varias veces que no descansaría hasta limpiar su caballo con la imagen de la Virgen de Guadalupe. El presidente fue asesinado en 1928 por José León Toral en el restaurante "La Bombilla", en San Ángel.

El anticlericalismo de Obregón fue sólo un efecto de las batallas liberales que se dieron desde el México del siglo XIX y quizá fue la marca más notoria de su periodo de gobierno.

Como decía don Antonio Díaz Soto y Gama:--"El General Alvaro Obregón es el mejor presidente de la República que México ha tenido, aunque mucho les pese a los imbéciles".  Estos "imbéciles, conformaban una camarilla de "robolucionarios" que se entronizó y se hizo dueña del país cobijada bajo la sombra de don Plutarco Elías Calles, a quien le basaban los pies y lo adornaron con el título de "Jefe Máximo de la Revolución", pero que después, bajo la sombre de Lázaro Cárdenas, lo traicionaron mandándolo al exilio.

Bueno, pues esa camarilla se encargó de vilipendiar al General Obregón, colgándole una serie de "santitos", que no llevaban otra intención que denigrarlo, entre estos "atributos", quizás el principal, es el de acusar lo anticlerical y de Lucifer mismo, cosa totalmente infundada. 

Lo que si hizo o trató de hacer Obregón fue controlar el desmido afán de poder y riqueza del Clero, ambición que tanto daño le hizo a México en el pasado.  Hay que considerar que el Clero, siempre con la llamada nobleza constituyó siempre en estamento privilegiado.  Pero combatir esto no tienen relación alguna con la fe, como han querido siempre colocar la imagen de Alvaro Obregón.. 

 

 

 



No hay comentarios:

Publicar un comentario