José de Jesús Castellanos
julio / 2010
El nivel de violencia que estamos viviendo en algunas zonas del país, así como la penetración de los cárteles de la droga en casi todo el país, nos revelan que, más allá de las estrategias acertadas o desacertadas, de la ineficacia o la eficacia de la lucha contra la inseguridad, una parte importante de la sociedad mexicana está implicada en el problema y otra, por diversas causas, lo ha tolerado a través del tiempo.
El narcotráfico en sus diversas dimensiones no es nada nuevo. No es producto de la transición política o de la alternancia. Es un hijo monstruoso de la corrupción del pasado que ha escalado niveles insospechados y como todo Frankestein está fuera de control.
La enfermedad ha penetrado a tales niveles, que hay quienes de manera resignada claman para que el combate a la delincuencia organizada cese, pues es preferible convivir en paz con el enemigo, a estar en medio del fuego cruzado por la lucha de la que ahora todos somos espectadores y, algunos, víctimas colaterales. Asumir esta segunda actitud es claudicar, ceder y condenarse para siempre, del mismo modo como ocurrió con la mafia siciliana.
El presidente Calderón se ha cansado de pedir su apoyo a la sociedad, pero éste no se ve por ninguna parte. Sin embargo, no es que la sociedad no quiera, sino que no sabe. Nadie se ha ocupado de recordar cuál fue la estrategia de Leo Luca Orlando en Palermo, que tantos frutos rindió cuando la lucha policial parecía condenada al fracaso. La alianza gobierno-sociedad, con firmeza y decisión alcanzó muchos logros y debilitó a la mafia, permitiendo que se pudieran asestar serios golpes a los capos y padrinos.
Lo primero que hizo Leo Luca fue distinguir la identidad del siciliano de la del mafioso. Borrar con acciones la idea de que ser siciliano era semejante a ser mafioso. Y no era fácil, puesto que la convivencia, por temor, por complicidad, por silencio o por sometimiento, era histórica. ¿Quién era quién? Vivir mezclados y, sobre todo, aceptados y respetados, era un hecho cultural.
Llamar "Don" a un asesino, extorsionador y corrupto; darle lugar, presencia y trato especial en la vida social; rendirse ante su fuerza, eran parte de los elementos que conformaban su poder. Era necesario, por tanto, romper, también culturalmente, esa simbiosis.
La primera estrategia que propuso Leo Luca Orlando fue la separación, la distancia. No aceptar como "Don" ni dar trato de Señor a quien no lo es. Marginarlo de la vida social, o auto-marginarse de los ámbitos donde se mueven y conviven. Es duro, pero posible. Fue ésa una de las críticas, que, por ejemplo, el político hizo a algunos prelados, incluso cardenales, que daban un trato inmerecido a esos mafiosos, cuya identidad no es desconocida, aunque no se les pueda probar penalmente sus responsabilidades.
Cuando el Papa Juan Pablo II visitó Sicilia, algunos de los mafiosos fueron invitados a reunirse con el Santo Padre. Leo Luca, siendo la autoridad política de Palermo, no asistió, pues consideró inaceptable y hasta insultante, que se abrieran las puertas eclesiales a los mafiosos durante una reunión con el Papa.
Cuando posteriormente, ya sin ellos, Leo Luca se reunión con Juan Pablo II, le explicó la razón de su ausencia, y el Santo Padre se lo agradeció. A partir de entonces, el Pontífice exigió un trato semejante a los príncipes de la Iglesia y a los obispos. No darles preferencia a ellos sobre quienes sin ser mafiosos merecerían más un lugar cerca de la Iglesia.
Algo semejante nos ha ocurrido en la sociedad mexicana. En muchas ciudades del país se conoce y se identifica a los mafiosos. Sin embargo, se actúa con disimulo o incluso con interés, para dar cabida y tratos de honor a quienes se sabe son delincuentes. Es necesario, por tanto, construir barreras, guardar distancia, no contaminarse.
La segunda estrategia fue de tipo cultural. Un cambio de mentalidad, un rescate de los valores estéticos, aunados a los valores universales de los que tanto se habla, pero que en la práctica no encuentran campos propicios de acción.
El vacío cultural o, más bien, la falsa cultura que se ha promovido desde los ámbitos sociales y medios de comunicación, promoviendo y endiosando falsos íconos de la cultura, han generado un verdadero lumpen cultural que ve en lo chabacano, en la moda, en la desinhibición, la promiscuidad y el mal gusto, "valores" modernos que se presentan como propuesta única y valiosa.
Se trata de lo "culturalmente correcto" porque erosiona la "vieja" cultura de valores espirituales y estéticos, de verdadero reconocimiento de lo bueno, lo bello y lo verdadero, sustituido por el mal gusto, lo corrupto y la relatividad absoluta.
La aceptación de esa seudo-cultura, la deseducación, la corrupción y la tolerancia de todo ello, sino es que el afán de formar parte de ella, son los vientos que durante el siglo XX se sembraron en el país y que han desatado una tempestad que a todos tiene asustados, temerosos y hartos.
Esta tempestad no empezó hace 10 años, viene de mucho atrás. Sus víctimas no son únicamente los masacrados, secuestrados y explotados. La corrupción no empezó con el consumo de sustancias adictivas, sino con el envenenamiento de las mentes, los espíritus y el torcimiento de las voluntades. Ahora sólo afloran los efectos.
Lo peor de todo es que muchos de los que condenan lo que hoy vivimos, son impulsores, por vía de la anticultura, de los efectos que condenan. Son ciegos que agitan y siembran vientos, pero más tarde se sorprenden de su cosecha de tempestades.

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