Por El pastor Kenneth Copeland
Con frecuencia, le pedimos al Señor que solucione los problemas que hay a nuestro alrededor, cuando en realidad lo que Él quiere es resolver los problemas dentro de nosotros. Yo hice eso por años en cuanto a mi peso. Oré y oré a Dios para que me ayudara a adelgazar. Sin embargo, fracasé muchas veces. Perdí, literalmente, centenares de libras, sólo para aumentarlas de nuevo.
Al fin un día tome una decisión firme. Le dije: "Señor, no daré un paso más hasta que no averigüe qué hacer al respecto". Entonces hice ayuno, me aparté de todas las cosas y me propuse estar atento a lo que Dios tuviera que decirme.
Durante ese ayuno, el Señor me mostró la verdadera causa de mi problema. Me mostró que yo quería perder peso, pero no quería cambiar mis hábitos alimenticios. Yo era como el alcohólico que quiere beber constantemente sin ser afectado por el licor. Quería comer nueve veces al día y seguir pesando 75 kilos.
Entonces, me di cuenta de que Dios no solo quería librarme de las libras de más que tenía, sino también del pecado de la glotonería en mí. Ahí mismo y en ese instante me arrepentí de ese pecado. Ese día comprendí lo difícil que es para un hombre que bebe encarar el hecho de que es alcohólico. Duele admitir tal cosa. Entonces, en lugar de pedirle a Dios que me liberara del problema del peso, le pedí que me libertara de la glotonería. Y, efectivamente, Él lo hizo.
Si sus oraciones no parecen estar cambiando los problemas que hay a su alrededor, quizá sea hora de mirar en su vida. Tal vez sea hora de pedirle al Señor que actúe en el meollo del asunto.
Mensaje de Nolita W. de Theo.
En la antigüedad, la ropa de un bebé durante los primeros meses de vida era casi exclusivamente las fajas (Ezequiel 16:4). Después de ser lavados y salados, eran envueltos en un paño que les cubría todo el cuerpo. Algunos piensan que esto prevenía que las coyunturas y los huesos se deformaran, ya que impedían el movimiento. Del mismo modo, me gustaría considerar las fajas como una clase de protección que además de física, puede ser emocional y mental (si no existe, el pequeño está expuesto a daños permanentes en su mente y en sus sentimientos). Se podría decir que muchas mujeres han sufrido a causa de la desprotección, siendo niñas, y continúan padeciendo sus consecuencias en la adultez. Quizá, usted se encuentre entre ellas y pueda identificar, en este momento, los efectos de ese descuido.
Los daños –físicos, emocionales y psicológicos—pueden llegar de muchos lados, y un pequeño necesita protección. Los padres, normalmente, cumplen con ella. Si alguien le hace algún daño o lo insulta, ellos son los más indicados para rectificar cualquier situación y defenderlo. Sin embargo, hay algunos que nunca lo hicieron y, como consecuencia, sus hijos sufrieron los daños. Si esto forma una parte de su historia, tiene que narrarlo, como lo hizo con respecto al rechazo y el abandono. Es difícil, porque sentimos cierta lealtad hacia las personas que nos criaron. No estoy hablando de faltarles el respeto ni mucho menos, pero sí es necesario poder reconocer e identificar los elementos de nuestra historia que necesitan ser sanados por nuestro Buen Pastor. Él vendrá a aplicar la medicina y darnos las ropas que nos hacen falta.

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