Antes de cumplir una semana de vida, los aguiluchos se peleaban por la comida. Ninguno era lo suficiente fuerte como para mantener la cabeza erguida más de unos segundos, así que, los dos parecían pompones peludos con cabezas pegadas semejantes a borlas. Aun así, cada vez que los padres llevaban comida a la nido, el más grande de apresuraba para darle un picotazo a su hermano e impedir que tomara un bocado. Su agresión había sido comprensible si la comida hubiese sido escasa o si los padres no hubieran sido capaces de proveer lo que necesitaban. Pero nada podría haber estado más lejos de la verdad, ya que estaban siendo alimentados con peces de tamaño mucho mayor que el de ellos, y tenían más que suficiente para los dos.
Los codiciosos aguiluchos me traen a la mente nuestra propia necesidad cuando tratamos de conseguir para nosotros lo que le pertenece a otra persona (Santiango 4:1-5). Los conflictos surgen porque queremos algo que Dios le ha dado a algún amigo, colega, paciente o vecino. En vez de pedirle al Señor lo que necesitamos, intentamos conseguir lo que Él le ha dado a otros. Sin embargo, Dios tiene algo bueno para cada uno de nosotros. No necesitamos lo que le pertenece a otra persona. Y además, es indudable que nunca debemos perjudicar a nadie para conseguir lo que nos hace falta. Nuestro amoroso Padre Celestial tiene más que suficiente para todos. Nuestra necesidad nunca agotará la provisión divina.
Devocionales cristianos cortos
Cuando el submarino se hunde (Reflexiones cristianas cortas)
Llevaba allí cuarenta y nueve años, casi medio siglo, descansando sobre blandas arenas, recostado sobre un flanco en medio del silencio y de la oscuridad. Dentro de él estaban los cuerpos de cincuenta marinos alemanes: la tripulación completa.
¿Qué era? Un submarino alemán de 80 metros de eslora, identificado como U-1226. Fue hundido en acción de guerra frente a las costas del Canadá, y fue descubierto casi medio siglo después. Lo halló el buceador Edward Michaud el 5 de junio de 1993.
El submarino debió de haber sufrido uno de los tantos dramas del mar que en su caso se tradujo en tragedia. Navegando frente a la costa atlántica del Canadá, fue cañoneado en octubre de 1944. Se hundió lenta e irremisiblemente, transformándose en la sepultura de sus cincuenta tripulantes. Pronto lo rodearon el silencio, la oscuridad y la eterna calma del fondo de los mares.
Fue un final trágico para esos cincuenta hombres. No hubo forma de salvarse. Eran prisioneros dentro del casco de acero que terminó siendo su sepultura. Así es la guerra, y así es la vida.
¿Qué hace uno cuando, aunque no se encuentre dentro de un submarino hundido, de todos modos se encuentra dentro de una situación adversa que parece tragárselo vivo? Ve uno, poco a poco, hundirse su vida en el mar de la desesperación, y no hay nada que puede hacer para detener el naufragio. ¿Qué hace uno? ¿A quién acude? ¿Hay alguna solución?
Probablemente la mayoría de nuestras adversidades tienen una causa humana y, por lo tanto, una solución humana. Gran parte del tiempo somos nosotros mismos los que provocamos nuestras tragedias. Volviendo sobre nuestros pasos podemos, muchas veces, hallar dónde y cómo comenzó nuestro mal. Y si en humildad nos despojamos de toda rebeldía y pedimos perdón a quien hemos ofendido, allí queda resuelto nuestro problema.
Sin embargo, otras veces parece no haber solución. Todas las puertas están cerradas y no hay escape. Es en esos momentos y para esas situaciones que tenemos que deponer nuestro orgullo y confesarle a Dios nuestra inhabilidad. La obstinación es nuestro enemigo número uno, ya que no nos deja encontrar a Dios. Y sin embargo, es Él quien puede librarnos del naufragio.
Humillémonos ante nuestro Creador. Dios nos ama. Él sólo espera escuchar nuestra oración. Digámosle: «Señor, te necesito. ¡Ayúdame, por favor!» De hacerlo así, Él nos rescatará.

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